Bar y melancolía
El bar porteño. Hubo un día que volví, luego de mucho tiempo, a sentarme en uno de la calle Corrientes. No sé si la vieja silla se acordaba de mi culo. El café metálico y lavado fue degustado con placer a costa de un esfuerzo del recuerdo, de la añoranza de sus mejores cafés de otros tiempos. La magia se acabó cuando el mozo dijo: "25 pesos"
Hecho el trámite que me movía pasé mas tarde por el de Callao. Qué bueno, habían quitado los televisores. Me puse a leer un libro que salió mucho más barato que el previo café. Arrugo la frente: El local es tan acogedor como lo recordaba, pero la luz insuficiente. Miro alrededor, los muchos que leen lo hacen en sus notebooks. Me sentí algo extemporáneo. Paso entonces a otras lecturas más asequibles. Leo el platito de café, dice "Café Jardín" o algo así, que no es el nombre del lugar, y luego el cartel del matafuegos, que tiene el teléfono de bomberos de Morón, a no sorprenderse si se demoran.
El jugo de naranja me lo traen en un frasco de mermelada. No "tipo" frasco de mermelada, sino "el" frasco de mermelada, con rosca, el reborde a lo largo de la unión y las letras de relieve en el fondo. No soy exquisito, solo se me ocurrió pensar en la mayor dificultad de lavado.
Ir al baño, toda una travesía entre mesas de billar en ese largo bar que nunca cierra, me permitió, al ver las parejitas jugando, repasar lo poco que cambió el lugar. Me acordé de mis 17.
Vuelto a sentar, miro la silla opuesta a la mía, tan vacía.
Ir al baño, toda una travesía entre mesas de billar en ese largo bar que nunca cierra, me permitió, al ver las parejitas jugando, repasar lo poco que cambió el lugar. Me acordé de mis 17.
Vuelto a sentar, miro la silla opuesta a la mía, tan vacía.
Miento, el lugar cambió un montón.
Un recuerdo para Maricarmen.
Un recuerdo para Maricarmen.
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