Hola, pa
Hola, pa
Camino, como tantos días, como tanta gente, por los senderos de Plaza de Mayo.
Salía de pagar una cuota en el banco, como tantas cuotas, con esa sensación de una más mía casa, con unos pesos menos encima, y de un peso menos entre las tantos de la vida del mundo adulto.
Una responsabilidad menos...
Alzo la mirada hacia el famoso balcón, tan tranquilo e inútil ahora. Si por lo menos fuera lindo. Paseo los ojos por la fea arquitectura: Presidentes, dictadores, madres, guerra, desaparecidos, marchas, revoluciones, brujos, más dictadores...
Una responsabilidad menos...
Ya no espero bajo el farol de la plaza junto a flores pisoteadas. El discurso, un garrotazo, una esperanza.
Solo me detengo a ver al monumento central, y lo elijo. Me alejo unos pasos vadeando el rio de palomas, escuchando el susurro desparejo de sus alas, para obtener mejor vista de él.
Me tiro en el piso y apoyo la hoja blanca sobre lo más liso que encuentro. Acomodo mis pinturitas, y ya estoy dibujando...
Una larga pirámide que me sale irregular, pero, aprendí, no importa: Los adultos se fijan más en la cantidad de detalles que se les pone, y para mí, eso es fácil.
Muy meticuloso, empiezo a agregar. Los bordes, el gorro, una lanza, las letras, el pastito, el escudo abajo, los laureles más arriba... Corro mi corbata, la que tiene mi nombre, para pintar un poco de verde.
La maestra me mira, y mira a mis compañeritos, contenta de lo bien que nos portamos.
De pronto, de la multitud, de la nada, aparece un hombre, y me saluda.
Sonríe.
Sonrío, contento.
Me dice algo que ahorita no recuerdo, y yo asiento con la cabeza. Pronto se despide y se aleja, entre palomas, todavía sonriendo, y yo lo saludo con la mano.
Un compañero que dibujaba sobre un banco me pregunta:
-¿Quién era?
Yo le digo:
-Mi papá.
-Nooo. ¿En serio?
Asiento con la cabeza, y sigo dibujando.
Claro, un papá no aparece en el medio de una salida de dibujo.
Mi papá si.
Levanto la vista, pero él ya no está.
Miro para abajo, el dibujo tampoco está.
¡Cierto!, estuvo aquel 25 de Mayo en la cartelera de la escuela, la que las maestras llenaban con lo que consideraban más lindo.
Yo miraba esa cartelera, y venia el orgullo. No tanto por el dibujo, sino porque mi papá había estado ahí.
Tampoco está la maestra.
Ni mis compañeros.
Me miro las manos vacías, ya no tengo las pinturitas.
Ni siquiera hay tantas palomas.
Lo único que tengo es una sensación de falta.
Miro al sendero por donde se fue mi viejo para entrar en el banco donde trabaja. Bueno, ya no lo veo, pero si corro seguro lo alcanzo, ¿pero para qué? Si ya lo saludé.
Lo veré más tarde, cuando él entre cansado a casa, trayendo un poco de noche fría en su abrigo, y antes de sacárselo, me dé un beso a mí, y uno a mamá. Y siempre sonriendo.
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