Resiliencia
Plantitas. ¿Seguro? Mirá que soy todo menos esmerado en el cuidado de cosas que ni siquiera caminan.
Pero no, quedé a cargo nomás. Ella trabajaba con nosotros y se iba de vacaciones; en el patio, tras sus aulas, y tras nuestro laboratorio, había dos macetas con sus respectivas plantas de cuyo nombre no quiero acordarme. Hasta me dejó el vaso con instrucciones: "Un vaso de agua por día, los domingos no importa". Muy bien, vegetales que saben respetar el ciclo de la vida laboral.
Más maceta que planta, un verde pálido que apenas asomaba de una, un raquítico palo retorcido con hojas en la otra.
Ya los primeros días me llegué a convencer de que esa vida verdecita se estaba degradando. "Me estoy ahogando" me quiso decir pero no dijo. O más bien adiviné, al ver que el agua formaba un sospechoso charco. Bueno, por la mañana pongo agua solo para que se moje la tierra, no más, y si a la tarde se ve seca le pongo un poco más. El patio se hacía horno en el verano porteño, pero hasta medio vaso para ambas era demasiado. Así las plantas me domesticaron: no hizo falta la doble sesión diaria, pero en la dosis me tornaron más esmerado. ¿Domingos? Domingos sería su día de devoto suplicio. No parecía afectarles mal, aunque.
Increíble, en días creo que ya latían y la maceta se les hacía poco.
No tuve tiempo de preguntarme si ya debía sacarlas a pasear, porque la vacacionera volvió.
Tragedia. Porque la hija había vuelto muy, muy enferma. Los médicos de un hospital de Entre Ríos no acertaban con lo que tenía, la medicaban, no funcionaba, y querían seguir probando. Y ella decidió: no la tocarían más. Agarró hija, valijas y marido y se volvió derechito al Hospital Italiano. Ante la descripción de los síntomas, la primera pregunta: ¿Le dieron antibióticos? -No-. Menos mal, resulta que hubiera sido matarla. Síndrome urémico hemolítico, la epidemia que cada tanto sorprende y espanta a los argentinos y seguimos sin aprenderla. No saben cómo la agarró, pero empezó con diarrea y llegó a Buenos Aires inconsciente.
Luego, la ardua convalecencia. La diálisis, la prohibición de tomar agua. "Tengo sed" decía la nena, pero hasta la trampa de chupar un hielito le fue retirada. Nada. Para esos riñones inútiles, incapaces ya de ese mágico trabajo de filtrar nuestra sangre, el agua era un estrés demasiado peligroso. La hidratación, la alimentación y la limpieza de la sangre serían puramente artificiales.
Solo a los más chicos esa enfemedad ataca con tal furia, y solo los chicos tienen la oportunidad de una recuperación tan increíble. Tendría prohibida la sal -incluyendo todo alimento envasado- y la cuenta de proteínas diaria debía ser estrictamente controlada, quizás de por vida. pero el fantasma del trasplante quedó atrás, pues los riñones comenzaron a funcionar.
Atrás todo llanto, todo sufrimiento; ardua y larga sería la recuperación, pero ya era hora de ver que de nuevo se abría el futuro.
Y ella volvió a trabajar.
--Las plantitas... ¡Están hermosas! Crecidas, vitales, divinas... -- me dijo.
Más tarde me contaría que fue una imagen muy fuerte que ¿qué si no asociar? A la fuerza de su hija.
No le dije que fue fruto también, ya sin metáfora, de un estricto control del agua que las alimentaba. Pero eso solo porque se me ocurrió ahora, veinte años después.
--Las plantitas... ¡Están hermosas! Crecidas, vitales, divinas... -- me dijo.
Más tarde me contaría que fue una imagen muy fuerte que ¿qué si no asociar? A la fuerza de su hija.
No le dije que fue fruto también, ya sin metáfora, de un estricto control del agua que las alimentaba. Pero eso solo porque se me ocurrió ahora, veinte años después.
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