Chau, pá..
Un 24 de diciembre, allá en los 90.
Visitando un cliente en San Martín. Una oportunidad: En un laboratorio querían renovar su pc, intalar una red, introducir mejor software y disparar su productividad. Todo lo que nosotros ya hacíamos, en una nueva empresa en la que trabajábamos con ya muchos clientes, lo habíamos venido haciendo por varios meses sin descanso siquiera los domingos.
El que me atendía era quizás el dueño, no recuerdo. Claro y expeditivo, explicó su necesidad y voluntad, y contento me fui.
Pero. En lugar de ir a verlo a mi viejo enfermo ahí cerca (de San Martín a Palomar), me volví al laburo... en Boedo, lejos.
Ya en la empresa. Que los 2 teléfonos habían estado sonando todo el tiempo -me dijeron mis socios-, y habían decidido no contestar porque ¡era 24 de diciembre! ¿Cómo se atrevían a molestar así?
Acomodamos, no me perdí el almuerzo de socios y el par de empleados. Horas, demasiadas horas después aparezco en Palomar. El jardín de mi viejo lleno de gente, conocidos y desconocidos, sale presurosa mi vieja antes de que hable con nadie. Que mi viejo se había muerto.
"Te estuvimos llamando toda la mañana" dice mi tío...
Más tarde en el velorio un muchacho que no conozco lloraba en el cajón ¿por qué él llora y yo no? Mi vieja tampoco lo conocía, pero habló con él y, rara situación, lo estaba consolando. Es que el viejo era muy estimado en el comité radical. "Los chicos lo querían mucho" me explica un incondicional de mi viejo. A otros los creo reconocer de los cursillos de cristiandad a los que concurría, algunos otros eran excompañeros del trabajo también jubilados, alguno habrá del taller literario. Pero la mayoría desconocidos...
25 diciembre por la mañana, en una situación imposible en el feriado desierto: El cementerio lleno de gente para despedir a mi viejo. ¿Pero quién era? Un buen hombre.
Un cura que no lo conoce dice un par de sandeces, si yo hubiera estado más lúcido le habría perdido a su viejo amigo, el padre Isidro, que hablara en su lugar. Pero qué importa ahora.
Se estaba muriendo de cáncer y yo creyendo que el tiempo es infinito.
Al día siguiente me fui a trabajar, pero discúlpeme el capanga de Laboratorio Camabé que no volví a verlo esa semana como prometí. Ni la otra. Ni la otra. Bueno, espero que haya conseguido un buen servicio de reemplazo.
Veinte años después, tan pero tan cerca de navidad, me llama mi hermana: "murió mamá". No hubo muerte anunciada esta vez. Mi vista se detiene en el licor de chocolate, la lata de Earl Grey Tea, los chocolates "de verdad", y me sentí egoísta, muy egoísta. Por el regalo navideño frustrado pero especialmente a que se me representaron sus palabras "regalame tu presencia" y en eso había sido más egoísta todavía.
Bueno, sí, detesto la navidad.
Sí, sé que la navidad no tiene la culpa.
Es la primera vez que escribo sobre esto, estaré más endurecido.
Disculpe la catarsis si alguno se dignó a leer, sirva de moraleja: No se crean que el tiempo es eterno, no lo es para uno.
Felicidades, que hay en ellas parte que depende de uno.
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