Ciudadano del mundo
Muy tarde me enteré de que mi abuelo era extranjero. ¿Cómo hacerlo? Nunca le oí una palabra en italiano, su lengua de origen, solo un perfecto castellano. Adoraba a norteamericanos, alemanes y rusos "no confundan gente con sus gobiernos". Una frase de Perogrullo hoy, pero de una época incomprensible en que la imagen del extranjero nos llegaba distorsionada por las películas.
Él rehusaba la comodidad de los ghetos voluntarios de los que se radicaban en otro país: No insultaría a sus anfitriones no intentando aprender sus costumbres e idioma.
También fue ciudadano norteamericano. Contó que una vez tuvo que pedir un crédito: "¿Garantías?" No. Entonces le presentaron una biblia y, aunque nunca le oí nada cercano a la religión, juró. "Me hubiera cortado un brazo antes que deshonrar la deuda".
Y cayó acá. Perdió su trabajo cuando rechazó afiliarse al partido (¿hace falta decir CUÁL?) pero nunca lo oí quejarse ni nunca dejó de trabajar.
Cuando se le casaba una hija, hacía un relevamiento, luego ayudaba: Levantaba paredes, sacaba toda planta improductiva (¿rosas, jazmines? ¡Ja!) y ponía cosas que servían. En casa tenía entonces ciruelas, higuera, pomelos, limones, manzanas, hasta recuerdo un gallinero que no duró. Me hizo una hamaca, y como me veía enclenque, un trapecio y unas pesas de cemento.
A diferencia de mí, lleno de fantasmas y dudosas glorias de pasado, él solo veía presente y futuro. Murió haciendo. Había subido al techo para arreglar la antena, cuando bajó sintió que algo reventaba dentro suyo. Entre la desesperación de todos rodeándolo, tuvo tiempo de decir que no, ya está, nada por hacer, "cuiden a la abuela" les dijo a mis primas.
El abuelo Elio, ciudadano del mundo.
Comentarios
Publicar un comentario