Silvestres
Ya con la bolsas de papas y bananas en la mano, mirando alrededor a ver qué.
Un pequeño cajón con unas cosas muy rojas, demasiado maduras, chiquitas y de aspecto sucio me atrapa.
"¿A cuánto las frutillas?" Le pregunto al verdulero.
"Están caras, a 50 el cuarto" me dice con tono de "no recomiendo".
¿Caras? Caras son las de cera, esas grandotas, rojas pero completamente blancas por dentro y con gusto a... a no se qué, a nada. Las que pedís en un restorán y te cobran 60 pesos la copa con 5 o 6 de esas. La crema aparte.
Entonces: ¡mias! Pienso, pero le digo: "y, dame un cuarto" como si dudara un poco. Okey, siempre aparezco dubitativo, es marca personal la inseguridad.
No recuerdo si quedaron más en el cajoncito, al otro día ya no estaba.
Casa. Manos a la obra: algunas están casi negras por lo maduras, así que no hay otra opción para prepararlas. Las lavo BIEN (se veían silvestres, uno nunca sabe por lo que pasaron) y tiro el exceso de agua. Luego les saco hojas y cabitos, lo que parece ya baboso (no es para tanto, exceso de madurez). Las meto en un táper amplio (bah, el único que tengo) y empiezo a cortarlas al medio. Cuando termino, si alguna mitad queda demasiado grande la vuelvo a cortar, como hacía mamá. Las desparramo bien y las espolvoreo con azúcar. Un repasador encima del táper por si las moscas. Eso, por si las moscas.
A esperar.
Qué maravilla, para el otro día ya habían largado su esplendor, su almíbar frutilláceo, el néctar divino. Ligeramente ácido, increíblemente dulces, deliciosas. No esperé a postre de almuerzo, fueron mi dulce desayuno. Pero antes del honor saco la foto, aunque noto dos cosas: que la cámara miente el color y las muestra más pálidas, y que sin contexto y detalle profesional de lejos se ve como un plato de babosas rojas. Qué importa, para mí será recuerdo de algo que quizás no se repita.
No pregunté si volverían. Sí volvieron las cajitas plásticas con las frutillas gigantonas. Tengo miedo de que me digan que no, que no es negocio, "caras" y duran poco en exposición. Claro, las de cera son eternas (y de gusto acorde). Temo preguntar porque temo que se hayan extinguido.
Por eso la foto, su póstumo homenaje.
Un pequeño cajón con unas cosas muy rojas, demasiado maduras, chiquitas y de aspecto sucio me atrapa.
"¿A cuánto las frutillas?" Le pregunto al verdulero.
"Están caras, a 50 el cuarto" me dice con tono de "no recomiendo".
¿Caras? Caras son las de cera, esas grandotas, rojas pero completamente blancas por dentro y con gusto a... a no se qué, a nada. Las que pedís en un restorán y te cobran 60 pesos la copa con 5 o 6 de esas. La crema aparte.
Entonces: ¡mias! Pienso, pero le digo: "y, dame un cuarto" como si dudara un poco. Okey, siempre aparezco dubitativo, es marca personal la inseguridad.
No recuerdo si quedaron más en el cajoncito, al otro día ya no estaba.
Casa. Manos a la obra: algunas están casi negras por lo maduras, así que no hay otra opción para prepararlas. Las lavo BIEN (se veían silvestres, uno nunca sabe por lo que pasaron) y tiro el exceso de agua. Luego les saco hojas y cabitos, lo que parece ya baboso (no es para tanto, exceso de madurez). Las meto en un táper amplio (bah, el único que tengo) y empiezo a cortarlas al medio. Cuando termino, si alguna mitad queda demasiado grande la vuelvo a cortar, como hacía mamá. Las desparramo bien y las espolvoreo con azúcar. Un repasador encima del táper por si las moscas. Eso, por si las moscas.
A esperar.
Qué maravilla, para el otro día ya habían largado su esplendor, su almíbar frutilláceo, el néctar divino. Ligeramente ácido, increíblemente dulces, deliciosas. No esperé a postre de almuerzo, fueron mi dulce desayuno. Pero antes del honor saco la foto, aunque noto dos cosas: que la cámara miente el color y las muestra más pálidas, y que sin contexto y detalle profesional de lejos se ve como un plato de babosas rojas. Qué importa, para mí será recuerdo de algo que quizás no se repita.
No pregunté si volverían. Sí volvieron las cajitas plásticas con las frutillas gigantonas. Tengo miedo de que me digan que no, que no es negocio, "caras" y duran poco en exposición. Claro, las de cera son eternas (y de gusto acorde). Temo preguntar porque temo que se hayan extinguido.
Por eso la foto, su póstumo homenaje.

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