El gusto de mi café...


Saboreo... tibión.  Para empezar.
Demasiado dulce... pasa.  No, que qué que pasa, no pasa, está horrible. Deslizo la mirada hacia abajo para encontrarme cara a cara con el líquido transparente.
Uh. ¿Transparente?
Suspiro con resignación. Otra vez. Otra vez, otra cosa, esta vez el café, café que no fue...
Caliento la taza, vierto en cascada lo que parece una cucharadita de café (ni me gasto en usarla) revuelvo con, quizás un tenedor, espero un rato (¿Un minuto? ¿Cinco? Qué se yo, nunca lo medí, la diferencia la aprecio en la temperatura a la que termino tomándolo), cuando la borra cayó pongo el azúcar (sí, más o menos 2 cucharaditas, vertiendo sin cucharita), revuelvo con ese tenedor o con otro tenedor y lo tomo.  Si me quemo es que no lo dejé hacerse suficiente tiempo pero si está... Bué, se entiende.
¿Qué falló? -Esta vez-.
No uso cafetera. Ahora pongo el café en el agua y dejo de tomar cuando llego a la borra, siempre demasiada. Único cambio, el tinte oscuro que adquiere la taza que se hace imposible de lavar. No es que trate.
Pero el error es claro. En vez de café, diluí azúcar en agua caliente y luego más azúcar en agua tibia. No es una receta muy atractiva.  Sí llamativa, la llamo un asco.

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