Quiero decir...

"Vos creés que contestás, pero no contestás."
Eso me lo dijo Hans nomeacuerdoqué en diciembre de 1980, creo que de un apellido más alemán que el nombre,  un compañero de trabajo, tipo inteligente y perceptivo.  Y no lo entendí.

Fleabag, segunda temporada. El padre de la protagonista hace el anuncio y da un pequeño discurso familiar. Sabe lo que quiere decir pero es complicado para cualquiera elegir las palabras correctas... y especialmente para él. Empieza a armar algunas frases, abre su corazón y habla hasta que entiende que es suficiente, entonces alza la copa ofreciendo el brindis.  No más de cinco palabras y lo que dijo no tiene el más mínimo sentido.  Pero la familia entiende que sí hay una persona allí, agradece las palabras -que entendieron porque lo conocen- y aceptan el brindis con elogios y muestras de afecto.

Ah, entendí. Cuarentaypico años después.
¿Así perdí a Mari Carmen?  Fue la primera mina que me hizo hervir la sangre. Antes...  bueno, también perdí la razón, pero era otra cosa.
Día de la primavera. San Pedro.  La vi, entre todas, la única. Recuerdo su carita hermosa, la recuerdo con su pelo lacio negro y florcitas prendidas a una trencita de oportunidad, y a su grácil voluptuosidad. Flaca para nada escuálida, era gimnasta y deportista. 
Me sorprendió la pronta respuesta. "Está siendo amable" acota mi baja autoestima. Pero acepta compartir momentos, y acepta que la llame cuando el campamento acabe.  Nos encontramos varias veces en el centro, que fueron poquísimas pero yo ya estaba perdido por ella.  Y más perdido en la capital. Ahora la capital es mi casa y cuando entro en "La Academia", cuyo único cambio es que no está ella en la silla de enfrente, no puedo evitar recordarla, aunque solo una vez estuvimos allí.
Y la espero en mi barrio.  Ciudad Jardín, el pueblo de las flores, el pueblo de colores. Plazas, campos, verde, aire, mucho aire. Con frenética impaciencia me pongo a soldar transistores del órgano electrónico. Ooops, imposible, llego a la estación media hora tarde. No debería importar demasiado, ella demoraba eso en las citas. Pero no estaba allí. Espero un par de trenes, no aparece. Doy vueltas a la estación "caminá para adelante" le había dicho pero no hacía falta, desde una esquina de la estación podías reconocer a cualquiera en la esquina opuesta del andén opuesto.  Sigo dando vueltas como los perros callejeros que ahí a veces abundan y otras veces prefiero no pensar lo que les pasa. Otro tren, no está.  Corro a casa, llamo por teléfono. "salió" dice la mamá o la hermana, queseyó.  Corro de vuelta a la estación antes de oír llegar el tren siguiente.  No importaba la dignidad, más espera era inútil.  Varias veces la llamé ese y siguientes días. No contestó ni llamó.  "Me plantó" es la respuesta obvia.
Mmm...
No es verosímil. La cosa andaba bien, y ella había demostrado personalidad, no la imagino esquivando un cuelgue.
Hay otra explicación: "creo que explico pero no explico". 
Mi autismo era demasiado reciente, creo que ni siquiera había empezado a entrenar la modulación del habla, la  "irritante voz monocorde y monotonal" que me enrostró Alicia años después, la que tocaba piano.
¿Cuán claro dije el nombre de la estación? ¿Cuántas veces? No sé.  Sí sé que no se lo anoté ni lo anotó, fue un ... arreglo verbal.  Con mi verba.  Dónde fue entonces... Bueno, una vez vino ella con sus compañeras de colegio a visitarnos  pero bajaron en la estación del colegio no en la mía ¿no es la estación obvia para encontrarse?  Habrá estado esperando allí...  Década después, un desencuentro similar pero explicado y corregido el día posterior me ocurrió con Violeta, esperando yo en la boletería de la Feria del Libro mientras ella en la de la estación Retiro... donde nos habíamos encontrado la cita previa.
"La llamé montones de veces" decía mi torturada mente. Ja. ¿Tres? ¿Cuatro? ¿CINCO?  Un desencuentro imposible para un alma de hoy, aunque no sea milenial.  Me atendió la madre, creo que también la hermana, vago recuerdo en un primer piso sobre la calle Hidalgo ("hijo  e' algo" significa alcurnia, acota mi cerebro nerd). Y éramos adolescentes, el "salió" era lo común.  Apenas llegada del colegio, no mucho después, o "demasiado noche" eran las horas más probables para hallarnos, donde la "hora de cena familiar" por supuesto no  era garantía de nada.  Dejar el mensaje y confiar en que llegara.   Ser insoportablemente insistente estaba muy lejos de mi línea, y ella, aunque enterada, debía esperar mi llamado y explicación cuando la hice venir a MI casa y... la "planté".
Aún recuerdo su cálida y fragante piel, de su piel más privada. Volvía a casa y aún la olía. Piel sobre piel, diecisiete años teníamos. La extraño, pero es como extrañar la infancia. No existe, nada es lo que fue ni lo sería si hubiera sido todo distinto. Nunca es el mismo río.  Pero no hay consuelo en saber que todo es perecedero.
¿Alivia algo entender? No. Lo arruiné por mis propios medios, ¿cómo puede ser mejor que un rechazo?

Pero sí, porque entender afloja la presión del desconocimiento.
Aún recuerdo con dolor las pérdidas absolutas de dos mujeres que amé, las palabras con las que iba perdiendo a Ana María, por teléfono, tratando de ser gracioso y locuaz y expresivo, verme enterrándome y no lograr transmitir lo que realmente quería, y su respuesta dura mostrando mi fracaso absoluto en hacerle entender. Época de reentrenamiento verbal, y no fue un desencurntro ni un malentendido (solo le estaba ofreciendo trabajo), fueron las palabras. También recuerdo el rechazo de su padre cuando le tocó a él decir "salió" aunque ya no éramos adolescentes ¡ja ja! Es que no entendía mi humor, me dice: "bueno, puede llamar más tarde, o puede NO llamar...", desprecio nada sutil.
María Pía, en la mesa del bar, divina ella. En un momento me clava la mirada severa, instante después deja de mirarme para siempre.  Pone plata al lado del café, se levanta y se va. Demasiado shockeado por algo incomprensible, no registro en mi memoria (como siempre lo hacía) las palabras para su posterior análisis. Pago, corro a la puerta y la veo irse decidida sin mirar atrás. No, no era mina de esperar que la persigan para pedirle perdón, una mina -me consta- directa que solo podía reaccionar así ante una ofensa que creyó irremontable. ¿Qué pudo ser? Nada recuerdo de la charla, nada. Sé que esa época era la del cinismo que creía gracioso. Comentarios como años después describía mi relación con la muerte de papá. "se moría en nochebuena, pero lo abandoné y me fui a trabajar y luego a cenar, volví solo para verlo muerto en Navidad" palabras con las que me torturo aún hoy.
Creo creer que fue el cinismo que espantó a MariPía, ¿cómo saberlo? Nunca más la vi.

Arduo trabajo el aprender a hablar. Doloroso cuando termina de la peor manera no por lo que se piensa o siente, sino por el fatalismo de las palabras, o peor, su entonación (el último error, en un velorio. Incómodo pero para nada... fatal).  Aún hoy expreso cosas equivocadas sin darme cuenta, aún hoy doy la entonación equivocada. Solo el registro de rostros extrañados me permite entender después qué es lo que entendieron y a veces volver y corregirlo.  Otras veces... el error sigue su curso.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Parador: Juancito

Herrar es humano

Hogar: Y renunció nomás