Parador: La puerta - Navidad

Es Nochebuena en el refugio de la ciudad, y suben dos de las chicas con una sidra sin alcohol.  Una lleva puesto un gorrito de papanuél, bien navideño.  Estamos felices, porque habíamos cenado un muy inesperado asado que pagó una de las huéspedes -acompañado por agua aunque no me quejo- y porque de entre el staff, ellas están entre las que mostraron dedicación y cariño por nosotros, los residentes. Brindar entre nosotros o con los pibes de 20 y pico, inmaduros y más mandones, no hubiera estado mal, incómodo o falso, solo que... habría sido algo más deprimente.  En lo personal, es la primera Navidad que celebro en 15 años.

Somos toda una banda, al repartir la botella pronto se hizo escasa y hubo que redistribuir.  Pero enseguida se hizo un momento incómodo, cuando los vasos estaban servidos y en mano: 

faltaban 2 minutos para las 12.

-¿Adelantamos el brindis?- propone uno, quizá porque nos estábamos perdiendo la peli en la TV. Una de las pibas -la de la mariposa tatuada- dice, con un tono casi dolido: 

-¡El brindis hay que respetarlo! 

O algo parecido, creo.  Todos acordamos con convicción.  ¡Pfff..! Qué se cree el hereje.  

La otra piba, Elizabet (a quien cuando me saluda contesto "maicuín" con un breve movimiento de cabeza en reverencia), propone con buen criterio que no nos quedemos mirando el reloj durante los dos minutos enteros... 

... pero entonces nadie acierta a qué hacer.  Lento estuve, entre nosotros nos conocemos apenas lo que necesitamos y si estamos acá el motivo será mas bien deprimente; la navidad y las chicas eran la variante y podríamos haberles preguntado sus nombres (de nuevo) que siempre olvido y luego algo no demasiado personal como... qué le pidieron a papanoel o queseyó, y jugar un poco con eso.  

Al final los dos minutos pasaron: brindamos, ellas toman alguna foto que solo googledrive (siquiera) conocerá y vuelven a bajar, dejando ausencia. 

Nochebuena, ¡dia especial!: hay cosas permitidas.

Volvemos a la habitación (no hay otro lado), son las 12-y-algo y por primera vez se puede ver el final de una película.  Otros estamos afuera en el balconcito disfrutando del aire... ¡pasadas las doce!

La puerta quedó abierta y la brisa circula, sin vigilancia y nadie que se tira por el balcón.  Adentro unos empezaron a ver otra peli aunque con el volumen más bajito.  Pero la costumbre gana y estamos todos viejos, más de la mitad ya estaba durmiendo y el TV quedó ocioso asi que lo apagamos pasada la una.

Por mi parte, la culpa navideña me estaba presionando.  Salgo un poco a respirar (qué extraña libertad, salir al balcón después de las 11), filosofo un poco, lloro otro poco y me vuelvo a la cama.  A la cama, no hay muchas opciones acá dentro de 19 a 8, horas de enclaustro. 

En algún momento me duermo.

Me despierto, temprano como varios, bastante antes de las 6.  Sofocado pero no tanto como ayer, pues un poco llovió y las ventanas -con sus prolijos barrotes- quedaron abiertas.   

Pero la puerta cerrada con llave.  Qué poco duró la licencia...  Las 13 camas a 40 cm de distancia y la puerta cerrada, qué sabrán estos del protocolo covid.

¿Comedor? Ni hablar, allí hay gente durmiendo también, no tiene ventanas y es un horno.  Qué queda más que sentarse en la cama durante eternas horas o tratar de dormir. Triste destino, en nuestros últimos años, ponerse dormir cuando uno preferiría salir a besar la brisa porteña.  

6 y media. Más de la mitad estamos levantados, mientras los más estropeados siguen durmiendo.  Estoy sentado en el piso al lado de la puerta cerrada, deprimido, esperando, en suplicio compartido... pero extrañamente solo.  Ya no bajo a rogar que la abran, para qué si es pa' pelear. 


7 y 20 sube de buen ánimo Jimena con la llave y abre.  No, no voy a disparar un sarcasmo esta vez.  Y menos a Jimena.  Si hay una falla es en la dirección, que no sabe decir no, no sabe comunicar, no sabe relevar, no sabe delegar, no sabe agendar y menos auditar.  Ellas llevan el trabajo lo mejor que pueden con la información y recursos que tienen; Jimena subió con la mejor onda para abrir la jaula y la heriría sin motivo desnudarle nuestro conflicto que lleva varios días.

Con la puerta abierta varios salimos; a tomar mate, a fumar, o, como yo, simplemente a respirar; en ese balconcito de 10 x 2 desde donde no se puede ver la calle y que enseguida se llena de humo.  No me molesta, pues no me importa el cigarrillo como sí el aire viciado de las 13 camas, todas ocupadas, de adentro.  Más otras 13 en la habitación de al lado, más las otras 4 en el comedor sin ventanas.
 
No, no solo hay camas y mesas, hay otros espacios en el piso.  Por ejemplo, la oficinita de las 4 chicas: psicologa/asistentesocial/medica/psiquiatra, con ventana pero siempre cerrada cuando ellas no están, y los 2 baños sin bidet -uno con ducha-, a compartir entre los casi 30.

Amanecer. 

25 de diciembre, Navidad. 

La regla del lugar, que a las 8 nos dejan salir a la calle. O antes, una especie de libertad condicional a la que tenes que justificar y pedir permiso previo.  Aunque quiza no hoy -thespecialday-, no sé pues no pregunté.  No creo.

Pero me quedo, como siempre.  Salir, ¿a qué?  Sin un mango para un café el Lezama se me hace deprimente.  O un café y delante la silla vacía...

Y pasa el día.  Por la noche viene la piba. Jimena, de nuevo.  "Tengo que apagar".  Va hacia el fondo y me la figuro apagando las luces de la otra habitación.  Va luego hacia el balconcito, verifica que todos entraron y cierra la puerta con llave para que nos cocinemos sofocados dentro.  Por último aborta, y sin vacilación, el final de otra película; y sí, ya son las 11 de la noche, es la regla. ¿Quejarme?  No. Algunos preferirían dormir apenas terminada la cena, las 11 es el compromiso que alguien decidió. ¿Uno adecuado?  No mucho, en un hotel de por acá Don Procusto sabe de eso.  

-¡Buenas noches!- saluda la piba en la oscuridad y baja las escaleras.

Apagado.  Unos se vuelven enseguida, resignados, a la cama mientras un par se quedan un rato en la oscuridad mirando la pantalla negra, me imagino que tratando de inventar el final que nunca se alcanza. 

Hoy es el día de Navidad de 2021, son las 11 de la noche y mañana es domingo. 

A dormir.



Casi podría haber titulado "Un dia en la vida de Ivan Denisich"... pero uno muy pobre en donde pasan muchísimas menos cosas. Y no es un invierno ruso.

Las fotoson malas adrede, sin foco, sin flash, pobre encuadre.  Las buenas las tomaba tiempo atrás con mi Nikon reflex 35mm, la que sobrevivió miles de kilómetros en más de una década de campamentos y terminaron afanándomela en un allanamiento.

La cama que tiene enganchada la bolsita que tiene estampado ¡ja ja! "Atlas Copco" -empresa del orto-, es la mía. 

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