Memoras

Voy por el bajo camino a San Telmo, contento y decidido. De repente sale Gabi del bar al que estaba por entrar —el de la cita— y me intercepta, inesperada, entre aliviada y desesperada. 

Algo como "¡ni se te ocurra!" —seguir camino— y me pone al tanto. Como siempre-siempre, no entiendo nada-nada.

Qué hago.

Y no hago nada. Ella se arriesga al contarme, Gabriela.  Me toma por los hombros, me da vuelta y me empuja.  Ah, eso.  Que el riesgo, que la madre, que también los amigos.  Que la olvide.  Pero no pienso en nada, solo aprovecho el envión para seguir caminando...

En algún lugar sobre la calle Corrientes empieza a llover.  No me importa y sigo caminando. Estoy cansado y tengo frío, pero el subte ya dejó de andar, ¿qué hora sería?  No sé.  No importa.  Tomo el frío como un abrigo que me aíísla del vacío exterior... el que gota a gota va permeando mi tan recientemente abierto corazón. En algún momento llego a Lacroze... y el frío gélido ya es parte de mí. Proxima salida, una hora. Me siento, vacío y mojado, veo cómo el pulover colorado que tenía atado en la cintura tiñó el azul del pantalón. ¿Por qué recuerdo hoy tan pequeños detalle? Porque, cobarde, lo logré: La olvidé.

Casi medio siglo después.

Y apenas recuerdo su rostro.



Edito,

y me apresuro a decir que es cuento.

Los hechos son cada uno ciertos, en diferentes circunstancias, en diferentes épocas.

Hay una sola mentira, la gran mentira: la que no conté.

La licencia literaria es la que transformó estas memorias en cuento.


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