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Mostrando entradas de enero, 2018

Bar y melancolía

El bar porteño. Hubo un día que volví, luego de mucho tiempo, a sentarme en uno de la calle Corrientes.  No sé si la vieja silla se acordaba de mi culo.  El café metálico y lavado fue degustado con placer a costa de un esfuerzo del recuerdo, de la añoranza de sus mejores cafés de otros tiempos. La magia se acabó cuando el mozo dijo: "25 pesos" Hecho el trámite que me movía pasé mas tarde por el de Callao.  Qué bueno, habían quitado los televisores. Me puse a leer un libro que salió mucho más barato que el previo café.  Arrugo la frente: El local es tan acogedor como lo recordaba, pero la luz insuficiente.  Miro alrededor, los muchos que leen lo hacen en sus notebooks.  Me sentí algo extemporáneo.  Paso entonces a otras lecturas más asequibles. Leo el platito de café, dice "Café Jardín" o algo así, que no es el nombre del lugar, y luego el cartel del matafuegos, que tiene el teléfono de bomberos de Morón, a no sorprenderse si se demoran.   El...

Borgiano y diabólico.

La Babel de Mandinga Me han contado de una biblioteca que tiene cada libro posible, una que reúne la totalidad de los alguna vez escritos, los perdidos, los imaginados, los inimaginables, los que se escribirán y los que jamás serán escritos. Tengo yo un proyecto mucho más ambicioso. He de reunir solo las letras de la vida, A, C, T, G.  Construiré con ellas cada criatura posible. Con ellas crearé las criaturas más perfectas junto con los monstruos más abominables que existieron, que existirán y que puedan existir sobre el planeta. Estarán en ella las fórmulas para el microbio más pequeño y el coloso más formidable, abarcará desde los principios de los tiempos hasta el fin de la eternidad, pasando por la humanidad y por cada uno de sus individuos desde que se inventó el humano al último que existirá y trascendiéndola. Pero será esta divina tarea la más diabólica, porque por cada ser posible habré concebido muchos  más que no serán, condenados estos a la eterna inexiste...

Resiliencia

Plantitas. ¿Seguro? Mirá que soy todo menos esmerado en el cuidado de cosas que ni siquiera caminan. Pero no, quedé a cargo nomás.  Ella trabajaba con nosotros y se iba de vacaciones; en el patio, tras sus aulas, y tras nuestro laboratorio, había dos macetas con sus respectivas plantas de cuyo nombre no quiero acordarme.  Hasta me dejó el vaso con instrucciones: "Un vaso de agua por día, los domingos no importa".   Muy bien, vegetales que saben respetar el ciclo de la vida laboral. Más maceta que planta, un verde pálido que apenas asomaba de una, un raquítico palo retorcido con hojas en la otra. Ya los primeros días me llegué a convencer de que esa vida verdecita se estaba degradando. "Me estoy ahogando" me quiso decir pero no dijo. O más bien adiviné, al ver que el agua formaba un sospechoso charco.  Bueno, por la mañana pongo agua solo para que se moje la tierra, no más, y si a la tarde se ve seca le pongo un poco más. El patio se hacía horno en el verano ...

Escuela

Allí viene de nuevo Uti, corriendo y bamboleando torpemente sus zapatones, con una gracilidad que un niño normal no lograría entender. El sol brilla sobre su rubia cabecita, la brisa danza en su suelto vestido. Se asoma acurrucando en sus bracitos un nuevo tesoro que quiere compartir. Algo en el pasto la distrae, se detiene, se agacha y mira con infinita atención. Luego, recordando, mira lo que ya tiene en sus manos y retoma su irregular carrera.  -¡Abuuu!- me llama, agitada.   -¡Uti!- Le contesto, mientras le hago el gesto de bienvenida que inventé, llamándola a la sombra de la parra. Es mi alumna preferida. No tengo culpa en sentirlo, siempre que sea mi secreto. Lleva dos años aquí. Llegó con graves deficiencias motoras, decían que moriría en meses, o semanas. Pero lo peor es lo que no se dice, la semimuerte que había visto en sus ojos, la de una mirada vacía, aquella que mira hacia adentro, a una indefinible oscuridad.  -¡Mirá!- Me dice, con toda la vital...

Hola, pa

Hola, pa Camino, como tantos días, como tanta gente, por los senderos de Plaza de Mayo. Salía de pagar una cuota en el banco, como tantas cuotas, con esa sensación de una más mía casa , con unos pesos menos encima, y de un peso menos entre las tantos de la vida del mundo adulto. Una responsabilidad menos...  Alzo la mirada hacia el famoso balcón, tan tranquilo e inútil ahora. Si por lo menos fuera lindo. Paseo los ojos por la fea arquitectura: Presidentes, dictadores, madres, guerra, desaparecidos, marchas, revoluciones, brujos, más dictadores... Una responsabilidad menos... Ya no espero bajo el farol de la plaza junto a flores pisoteadas. El discurso, un garrotazo, una esperanza. Solo me detengo a ver al monumento central, y lo elijo. Me alejo unos pasos vadeando el rio de palomas, escuchando el susurro desparejo de sus alas, para obtener mejor vista de él. Me tiro en el piso  y apoyo la hoja blanca sobre lo más liso que encuentro. Acomodo mis pinturitas, ...